Oración desde el embarazo a la Santísima Virgen de la Candelaria

En el embarazo, el nacimiento y la infancia, nuestra madre del Cielo es fiel guía, intercesora y consuelo. Bendice con tu ruego la protección de la maternidad y el buen destino de la paternidad. Junto con el rosario nocturno, bien está implorar su presencia amorosa, con un dialogo como este:

Virgen de la Candelaria, Tetecala Morelos

Santa María, apenas siendo joven
tu generosidad iluminó al mundo.
¿Quién como Dios para entregarte su gloria?
¿Quien como tú para ser candelero de su luz?

Todas las generaciones te veneren y proclamen
pues el mismo Espíritu Santo hizo en ti nos entregó:
La gracia plena de hija, esposa y madre
de su Santísima Trinidad y divina providencia.

Santa Madre unida a José.
Presentaste en el templo al pequeño Jesús.
Consolaste a Simeón con el Mesías.
Inspiraste a Ana en el ayuno y oración
Llevanos al templo a presentarnos a Jesús.
Y ayúdanos a para proclamar la redención

Santa Madre con la luz maternal de tu Amor
protege y dale paz al bebe en el vientre.
Líbralos de enfermedad, deformidad,
amenaza, duelo o violencia.

Santa Madre ruega para que la vida que recibimos
sea bendición para la madre y el padre.
y que seamos dignos hijos de tu Hijo.

Santa Madre de la luz y fuerza de tu Hijo
ruega por el perdón de nuestros pecados,
defiéndenos del maligno y de la oscura maldad.

Santa Madre vaso pleno del Espíritu Santo
Acúnanos ¿acaso no eres nuestra madre?
Así, no se turbe nuestro corazón,
ni temamos enfermedad o angustia

Santa Madre, ruega por nosotros pecadores,
ahora y en nuestra paternidad plena,
en nombre de Jesucristo tu Hijo nuestro Señor:

Al nacer, que sea el Amor nuestra misión
El gozo nuestro regalo
La paz nuestro abrazo
La paciencia nuestro ungüento más preciado
El autocontrol la lucha que nos sostiene
La amabilidad la sonrisa de nuestra convivencia
La bondad nuestro tesoro
La fidelidad el lecho de nuestro descanso
La modestia la piel que nos cubre
La castidad la ternura con nuestra alma
Y la misericordia el testigo de Dios con nosotros.

Santa Madre que brillas con la luz del Señor.
Danos tu bendición en el nombre del Padre,
tu hijo y el Espíritu Santo,
que son un sólo Dios.
Por los siglos de los siglos.

Amén

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.

También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.

Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

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