No fue en el Gólgota

Un día en que estaba muy atemorizada, recé pidiendo a Dios su amparo. Mi enemigo era oculto y perverso, alguien a quien yo creía un amigo fiel y cordial. Mi error fue grande al confundirle. Nunca lo odié ni guardé rencor, por que él fue la vía torcida para llegar al camino recto de mi Dios Padre.

No, no estuve en el Gólgota, de hecho, fue en la soledad de mi cuarto dónde ví a Jesús Cristo por primera vez con ojos diferentes, le ví dolido por nuestros pecados

Y tan llagado, con las heridas en carne viva, que se veía enrojecido de tan maltratado, con más de 5 mil latigazos que fustigaron la carne inocente de Dios Hijo. Sentí ahí, lo que quiso decir Juan Pablo II, un estupor admirado, por tanto amor y por tanta crueldad y maldad en correspondencia: el contraste paradójico era patente e incomprensible a simple vista.

Y lloré en silencio con mucho arrepentimiento y ternura, pues por primera vez comprendí la grandeza de su amor y lo insondable de su misericordia. Sólo Él, por Santo, pudo vivir y morir de ésa manera.

Por eso, cada que imagino sus llagas, un llanto sincero y espontáneo surge de la fuente de mis ojos. Y agradezco a Dios y alabo su nombre y el de Jesús con el Espíritu Santo, por este hallazgo en mi vida. ¡Gracias Jesús!, ¡yo sí creo en que Tú eres el Hijo de Dios Santo, el Dios verdadero! ¡Bendito seas por siempre: Amigo, Hermano, Dios!

Griselda Guzmán Aguirre

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