Llaman las campanas a misa

Primera llamada

Llaman las campanas a la Santa Misa por primera vez, a la asamblea, a reunirse. Algunos se preparan en la primera, de tres llamadas, a cumplir el compromiso que manda. Hay quienes añoran ir al encuentro con Cristo, a descubrirse con el hijo del padre, a escucharlo en cada lectura, a mirar como se consagra, como llega a nuestro encuentro en el beso divino de la comunión. A convertirnos en custodias vivientes.

Segunda llamada

Llaman las campanas a que se reúna la asamblea por segunda vez. Algunos se aprestan a reunirse en el templo, como sana y buena costumbre, otros arrastran su vida y sus penas desde la puerta de su conciencia. Otros esperan ver al sanador. Al Señor de la misericordia, siempre más grande que nuestros problemas y debilidades. Al Señor del amor, de la verdad. Al pastor que viene al encuentro de las ovejas perdidas. Al Rey de reyes. Al hijo del Padre Nuestro.

Tercera Llamada

Llaman las campanas del templo por tercera vez a la máxima oración, a la Santa Misa. Hay quienes, ya en el templo, cantan las alabanzas y buscan el mejor lugar, otros se anidan en los rincones confesándose pecadores, deseosos de que intercedan por sus miserias, por sus duelos, por sus pecados. También están los que traen la gratitud a Dios a flor de piel, la felicidad y la sonrisa que ilumina de esperanza, que atestigua que: es el lugar y el tiempo donde Cristo hablará, donde limpiará los errores para revestirnos de reconciliación, donde vendrá, con la gloria del Padre y del Espíritu Santo, para llevarnos al Padre nuestro, para convertir nuestro mundo en reino divino, para darnos la fuerza sobrenatural para perdonar y amar como Dios manda. Para que, con una de sus palabras, sanar nuestra alma, entrando precisamente a nuestra morada donde guardamos resentimientos, rencores y temores, tristezas, penas y debilidades. Es el espacio y el día, para que el Padre sacrifique el cuerpo de Cristo y, siendo así, disfrutemos su casa como hijos pródigos.

Hay de aquel que tres veces oye las campanas y no escucha el llamado a la puerta celestial. Hay de aquel que se excusa y se justifica para no asistir al Sacrificio del hijo del Dios Padre y Creador. Hay de aquel que no reconoce al Espíritu Santo que con misericordia y amor le llama al oído y quiere ser parte de su vida. Hay de aquel que olvida buscar sin descanso a quien venció a la muerte y resucitado nos da la dignidad de ser Hijos de Dios, sacerdotes, profetas y reyes.

El Rey de Reyes llega a nuestro encuentro

Nuestro Señor aceptó la voluntad del padre y viene y quiere lavarnos de nuestras culpas y se consagra para convertirnos en anfitriones y sagrarios vivientes, para que seamos luz del mundo, testigos y compartamos las maravillas que hace día a día en nuestras vidas.

Hay de aquel que no celebra este encuentro y no vive esta celebración. Más le valiera quitarse la ceguera, que vivir en la oscuridad de la criatura sin Dios. Más le valiera correr a altar donde el hijo se ofrece en sacrificio para revelarnos con amor la vida que viene del amor. Más le valiera llegar con su carga de errores, que enterrarse en las piedras de la soberbia, en la arena de la insensatez y en el féretro del odio eterno. Más le valiera encaminarse a la asamblea del reino, que vagar en la necedad, el temor, la amargura, la soledad y el vómito de la mediocridad.

Para qué estar hambriento de paz, si la paz del Señor está con nosotros, viene a nuestro encuentro. Para qué seguir sediento de explicación, si quien que abre los oídos, levanta a los paralíticos, cura a los enfermos, hace ver a los ciegos y levanta a los muertos está en medio de la asamblea de la Santa Misa. Él es la fuente que proclama las palabras de vida eterna. Para qué seguir debilitado si en la Santa Misa se ofrece y comparte el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

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