En mi vida contemplar cada día a Dios

En la parábola del Hijo prodigo hay un momento en que el hijo mira al padre a la distancia, se reconoce indigno, pero quiere mirarse en el padre, quiere contemplar a su padre en su vida y el padre mirarse en el hijo y mirarse unidos por siempre.

Niño Dios Padre, cuánto más camino hacia tu presencia , más sensibles soy del dolor, del cuerpo, de la frustración, la tristeza, la soledad, más consciente de mis limitaciones, mi debilidad, mi impotencia, mi confusión, el caos y la tentación. Estando más cerca de tu luz se acentúan las sombras. Al descubrir tu gloria se ve claro el abismo de la perdición. Al tomar conciencia de tu vida eterna se contrasta con la idea de mi mortalidad. Tu verdad acentúa la mentira. Mi camino descubre parálisis. Mi salud se límita en la enfermedad. El acercame al cielo hace presente las tentaciones.

Cuando te veo Dios Padre del rostro de Niño y del Espiritu Santo mirándote en la vida y mirándome en tu vida, la dimensión de mi conciencia, de la vida cambia, literalmente, de la tierra al cielo..

Tu me diste la libertad para decidir mirarte y mirarme en ti, en el pesebre de mi corazón, para mirar y mirarme en tu luz o mis sombras.

Al descubrirme en ti, mi Niño Dios, tengo un diálogo profundo, en lo íntimo. En el silencio de tu Amor miro que me escuchas, observas, sientes, abrazas y me vives. Me miro dentro de tu presencia de Dios. Me uno a tí. Soy hijo frente al hijo y el padre, hermano de tu creación, compartiendo la felicidad de estar contigo donde estás, y en tí está todo, y no hace falta nada.

Admiro nuestra reunión de creación y creador. De criatua a imagen y semejansa. Miro como se funde la creación el origen y el destino. Como lo haría una gota de agua en el mar, una estrella en el universo, una flor en el bosque, un reflejó en la luz del sol, una grano de arena en él la playa, un hombre en la humanidad, una letra en la literatura, en color en la pintura, una creación en el creador.

Al contemplarte me reconosco obra de amor, fruto del milagro de tu creación, de tu voluntad, tu camino y tu vida. Alimentándome con tu cuerpo y tu sangre, con tu presencia eterna. Colmándome con la música del ave, el abrazo del viento, la danza de las hojas, el diseño del amanecer y el atardecer, el delicado vestido de una flor. Al mirame en ti dejo que me inspires en la conciencia y me guíes en la razón. Dejando que me muestres tu rostro en los dolientes, los marginados, los pobres, los niños, los enfermos y los enemigos.

Contemplándote mi Dios en la vida, tengo la vida que reúne a vivos y muerto, a hombre y mujer, a padre e hijo. León y cordero. Ordenas a la semilla que se multiplique y que muera, y, al igual que las uvas, descubren a tu espíritu como carne y sangre de tu creación en la eucaristia, el milagro de amor. Para adorarte y transformarnos en sagrarios vivientes, en custodia, cáliz y copón de nuestras familias, vecinos y ciudades. Nos reunes en la luz de tu misericordia, de tu Espíritu Santo, para liberar nuestras vidas aún en la vida del temor, la enfermedad, las dudas, el dolor, la incertidumbre y la obscuridad de nuestra razón.

Miro como nos miras y te conviertes en el faro de luz. Confesor de mis errores, perdón de mis pecados, de mi traición y olvido.

Miro tu presencia mirándome para librarme de mis intenciones inconclusas, de mi apatía, lujuria, soberbia, gula, ira, vanidad. De errores que no permiten contemplarme cada día contemplando te mi adorado Niño Dios en mi vida.

JMDL

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