Haz la paz y no la guerra

Alma mía hoy descubrí que la paz se entrega y al entregarla la recibes al convertirte en instrumento de la expresión de la paz. La paz viene del Espíritu Santo y se manifiesta en el espíritu que quien la recibe y la comparte. Pero no todos quieren recibir la paz, tal vez no la han reconocido.

  • Tal vez esa semilla de paz no ha florecido en la mente de quienes, por tantos juicios, condenas y el tizne de pensamientos de venganza.
  • Puede ser que la paz sea este cubierta en su corazón cubierto de la maleza de los resentimientos, rencores y temores que no han sido removidos por el perdón
  • También las debilidades del cuerpo y sus adicciones a las sustancias que provocan placer o los enajenan del mundo profundo viviendo sólo las sensaciones de la piel o la gula que esconde la paz que está en nuestro ser para compartirse.

Alma mía, compartir la paz es una bendición sencilla: “Que la paz sea en esta casa” algo así como compartir el fuego de una vela y unirla con las que están en el hogar. Al unirse crecerá la llama e iluminará la vida con la claridad del Espíritu Santo. Pues la paz es el abrazo que contiene el Amor del Espíritu del Señor. Como si fuera el calor de los brazos que te protegen de todo mal cuando te acunas en su paz al entregarla.

La paz es el eco del perdón y la misericordia. Para ungir la paz debes lavar tu conciencia con el perdón que viene de la misericordia del Señor. Y esa frescura de la limpieza es la paz que te envuelve, es el espacio donde el Señor nos reúne como padre bueno.

Alma mía lucha por recibir y entregar la paz, que tu boca descubra cuando se abre para entregarla y cuando debe disfrutar de estar callada. Que tu mente descanse en la justicia y la sabiduría del Señor. Que tus emociones sanen con el ungüento del perdón del Señor, descubre la bendición de su misericordia aun en la ofensa o cuando niegan su presencia. Que tu cuerpo sea el templo que abraza con la paz. Insiste en entregar la paz, ve por todo tu mundo por toda tu vida, con todos tus prójimos, tus enemigos, tu familia y entrégales la paz. El Señor confía que tu la entregarás, por eso confía en tí para hacer la paz.

Todo esto te lo pido Padre Nuestro, en nombre de Jesucristo tu hijo, nuestro Señor, que con tu Espíritu Santo son un sólo Dios por los siglos de los siglos. Amén.


 

Ahora alma mía descubre la paz del Señor y contemplarlo en el Evangelio según San Lucas 10,1-9.

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.

No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.

Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;

curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.”

(RDP)

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