El vino del cielo

Ser humano tiene semejanza a otros procesos de vida, por eso las fábulas donde hablan los animales y las plantas siempre nos ayudan a entender mejor el camino que debemos seguir. El mismo Cristo nos define como sarmientos de la vid. Nos muestra el cielo como grano de mostaza, como levadura. La levadura es muy importante para hacer pan, pero también para hacer vino y el vino es una ofrenda que los católicos hacemos a Dios para que lo consagre con su presencia. No todos los vinos se consagran, ni son ofrenda.

Un día decidí hacer vino de uvas: Se exprimen. Aunque la cascara tiene levadura, se le adiciona al jugo un poco de levadura para comenzar la fermentación. La levadura transforma en alcohol el azúcar. Pasa como a algunos seres humanos que perdemos la dulzura con la edad. Al paso de semanas el jugo se fermenta o pudre y su dulzor se convierte en bebida espirituosa. El ser humano que transforma el dulzor tiene más claro su destino espiritual con sus frutos para el vino del cielo.

Por una providencial oportunidad un sacerdote aceptó este vino para consagrar pues no tenía ningún añadido y por su pureza de proceso podía consagrarse. Tuve la maravilla experiencia de ver como aquel producto de la vid y del trabajo del hombre se convertía en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en el momento de la consagración. Fue una sensación indescriptible descubrir la llegada de Mi Jesús Sacramentado en el fruto de la vid. Meditar cuantas bendiciones se tenían que dar para que en ese instante Cristo se consagrara en la eucaristía para guiarnos al cielo. Mirar la resurrección de entre los frutos de la tierra, de entre la lluvia y la tierra y la semilla y la vid y el sembrador y la esperanza y la noche y la humedad y todo para llegar a la mesa y de la mesa al altar y en el altar Dios Padre sacrificara nuevamente a su hijo amado.

Me quedé contemplando su resurrección, su presencia viva y substancial, presente en el sagrario, tomando nuestra ofrenda, reuniendo las bendiciones de la creación:

Miró la creación y al creador.

Miro la creatura recibiendo al creador. Al creador resurgiendo para darle divinidad a la creatura.

Miro la uva que fue dulce, que perdió su dulzura para transformarse en vino. El vino que se entrega para convertirse en Creador, en Hijo y Espíritu Santo.

Y miro al hombre que está frente al ofertorio de amor, del Amor de los Amores. El ofertorio divino que es para abrir la puerta del sepulcro, para ser sarmiento de la vid del amor.

Y miro que fue dulzura y luego fermentó. Y que también es posible que la dulzura perdida de cualquier fruto incluyendo la mandarina o la vida podrida del humano hace fermento y se recupera en vino y en bendición de mesa, tal vez hasta en ofrenda de altar.. Pues el creador transforma en cielo, lo que para muchos está podrido. Hace resucitar la vida muerta en el error del pecado. Y así atiende, con su propia vida consagrada en la eucaristía a quien comulga, a quien libre de pecado se entrega al pan de ángeles que estuvo colgado del madero y que hoy es la divinidad la humanidad.

Somos amor del amor, para amar, sólo eso podemos ser y entregar. Resucita en el amor del Padre Nuestro. Entregar nuestros frutos de sarmiento al vino del cielo.

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