¿Dónde estás?

Señor me entristece que no aprecien lo que hago por los demás. Por el contrario siento que abusan, me repito que tengo derecho y no hay juez que me apoye o justifique. Todos parecen buscar a ese juez justo que les de el derecho a amar, gozar, vivir la paz, tener paciencia, dominio de uno mismo o la amabilidad. Espero a ese juez justo, espero que Tú seas el juez justo que me haga justicia ante los abusos.

Es raro que busque en ti las respuestas, mi mente vaga de un comentario al otro, de un mensaje, de un texto, de una voz a otra. Me cuesta trabajo encontrarte. Muchos me dicen: “confía en el Señor” y quiero confiar pero no se donde esta tu mano, tu mirada, tu presencia…

Me dicen que haga oración, que me separe de todo para encontrarte y dialogar contigo. Pero siento que orar es como huir de la realidad que me atemoriza. Aún en la enfermedad, donde dicen que estás más cerca que nunca, no se cómo sentir tu presencia.

Estás en mí como yo en ti, como estás en cada uno de nosotros  y nosotros en ti. Señor.

Ayúdame a encontrarme en ti, en la vida, el camino y la verdad.

Guíame en mis oraciones para ser sencillo, quiero tener la conciencia de lo que ocurre en nuestra vida.

Quiero estar consciente y responsable de mis decisiones antes que culpar al mundo entero.

Necesito escuchar al cuerpo que me diste y dejar de presionarlo y llenarlo de sustancias, comidas y relaciones vacías o artificiales.

Quiero ser libre, te entrego mis emociones de resentimientos y rencores para descubrir la bendición del perdón.

¡Tú eres el Hijo de Dios! te reconocen por lo que haces , aún los mismos espíritus malignos se postran ante ti.  Me dice mi espíritu, quiero escuchar tu Espíritu Santo que nos anima y guía en el camino, la verdad y la vida. Quiero arrojarme sobre ti y acunarme en tu misericordia. Sentirte manifiesto en mi debilidad. Te lo pido en nombre de Jesucristo Nuestro Señor. Amén. ¡Tú eres el Hijo de Dios!

Evangelio según San Marcos 3,7-12.

Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió mucha gente de Galilea.

Al enterarse de lo que hacía, también fue a su encuentro una gran multitud de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de la Transjordania y de la región de Tiro y Sidón.

Entonces mandó a sus discípulos que le prepararan una barca, para que la muchedumbre no lo apretujara.

Porque, como curaba a muchos, todos los que padecían algún mal se arrojaban sobre él para tocarlo.

Y los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

Pero Jesús les ordenaba terminantemente que no lo pusieran de manifiesto.

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