Contemplar cada día a Dios en nuestra vida

En la parábola del Hijo prodigo hay un momento en que el hijo mira al padre a la distancia, se reconoce indigno, pero quiere mirarse en el padre, quiere contemplar a su padre en su vida. Cuánto más caminas hacia la presencia de Dios, más sensibles eres del dolor, del cuerpo, de la frustración, la tristeza, la soledad, más conscientes de las limitaciones, la debilidad, la impotencia, la confusión, el caos y la tentación. Estando más cerca de la luz se acentúan las sombras. Al descubrir la gloria se ve claro el abismo de la perdición. Al tomar conciencia de la vida eterna se contrasta con la idea de la mortalidad. La verdad acentúa la mentira. El camino descubre parálisis. La salud define el límite de la enfermedad. El acercamiento al cielo hace presentes las tentaciones. Cuando contemplas al Padre, mirándolo en la vida y mirándote en la vida, la dimensión de tu conciencia de la vida cambia, literalmente, de la tierra al cielo..

Porque es tu decisión mirar y mirarte en Dios, en la luz o la sombra o la penumbra (un estado mediocre de conciencia). Contemplar a Dios es un diálogo profundo, íntimo. En el silencio del amor que escucha, observa, siente, huele, toca y vive. Escuchándose, observándose, sintiéndose, oliéndose, tocándose dentro de la presencia de Dios. Unido a él. Siendo hijo frente al padre, hermano de su creación, compartiendo la felicidad de estar con Él, donde no hace falta nada. Admirando la reunión de la creación y el creador. Fundiéndose con el origen y el destino, como lo haría una gota de agua en el mar, una estrella del universo, una flor en el bosque, un reflejó en la luz del sol, una grano de arena en él la playa, un hombre en la humanidad, una letra en la literatura, un color en la pintura. Reconociéndote parte de la obra de amor, fruto del milagro de su creación, aferrándote a su voluntad, su camino y su vida. Alimentarte con su cuerpo y su sangre, con su presencia eterna. Colmándote con la música del ave, el abrazo del viento, la danza de las hojas, el diseño del amanecer y el atardecer, el delicado vestido de una flor, dejando que te inspire en la conciencia y te guíe en la razón. Dejando que te muestre su rostro en los dolientes, los marginados, los pobres, los niños, los enfermos y los enemigos.

Contemplando a Dios en tu vida, reúnes a vivos y muertos, a hombre y mujer, a padre e hijo. León y cordero. Mirarás el trigo que se multiplica y que muere, y junto a las uvas se unen a su espíritu, para ser carne y sangre de su creación. Para adorarlo y transformare en sagrarios vivientes, en custodia, cáliz y copón de tu familia, vecino, de tu mundo. Te reune en la luz de su misericordia, de su Espíritu Santo, para iluminar desde tu vida la vida, el temor, las dudas, el dolor, la incertidumbre, la obscuridad. Te convierte en el farol de su luz. Confesor de tus errores, perdón de tus pecados, de tu traición, olvido, intención inconclusa, apatía, lujuria, soberbia, gula, ira, vanidad. De los errores que no te permiten contemplar, como el hijo pródigo, cada día a Dios en la vida.

CREA EN EL AMOR

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