Eres hazaña de Dios

¡Inténtalo! haz una plática sobre las grandes hazañas del Señor, pues parece que han olvidado las grandes hazañas de Dios y se ha escondido a nuestra conciencia el poder que realmente tiene y que hemos colocado en el olvido. Si tú educas a tu hijo o eres hijo de ti mismo, descubre el poder qué hace que tú estés vivo y esa es una de las hazañas de Dios.

¿Cuántas veces has practicado sobre las hazañas del Señor? Como cuando un peregrino habla de los grandes personajes que encontró en el camino. Parece que Dios ni siquiera existiera en el camino. A pesar de que la Biblia está llena de relatos de la humanidad peregrina en la tierra, las palabras parecen estar muertas en la vida cotidiana sin testimonios de la presencia de Dios en la vida.

¿No es acaso Dios el dador de vida? entonces porque cuando hablas de la vida olvida tu origen. Cuando te preguntan sobre la vida cuál es la respuesta que entregas. La humanidad encanada en el mundo somos una de las hazaña de Dios.

Si, hemos dejado de hablar de poder y las hazañas del Señor. Entonces ¿De qué maravillas hablamos?. ¿Cuál es la herencia que entregamos a nuestros herederos?

Oración hacia Dios:

Señor ayúdame a reconocer la fortaleza de tu presencia siempre me ha dado y estás en lo visible y lo invisible, eres fiel en la salud y la enfermedad, en lo prospero y lo adverso. Eres misericordia ante el pecado que te ofende y dispuesto a reconciliarnos siempre.

Llévame a la conciencia de tu amor y comprensión. Siempre me has entregado los recursos para crecer. Siempre te he tenido. Perdón por hacerte a un lado. Hoy daré testimonio de tu presencia Señor.

Oración hacia si mismo

Alma mía, en el tiempo es donde conviven la esperanza y la paciencia. En el tiempo presente es donde caminas. Entonces camina con rumbo de verdad. ¿Que sería de tu vida si el tiempo volar a paso rápido en tu conciencia?. Nuca tendrías conciencia del camino, la verdad y la vida. Qué pasaría si el tiempo volará más despacio en tu conciencia, entonces estarías en el tiempo eterno. En tu tiempo ¿consideras al Señor?. Alma mía, al menos descansa en la oración con quien hace la hazaña de la Creación del cielo y de la tierra, de lo visible y lo invisible. Descansa en quién se encarna para salvar al mundo y sufre la persecución, el señalamiento y la descalificación; vence las tentaciones,  también soporta el viacrucis hasta la ultima gota, perdona y resucita para estar contigo y con el prójimo. Descansa platicando con su Espíritu Santo durante 15 minutos dentro de los 1,400 que te entrega al día, contémplate como una hazaña del Señor.

LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA

De las Homilías de San Juan Crisóstomo (1) (Suplemento, Homilía 6, Sobre la oración: PG 64, 462-466)

Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche.

Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un niño que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible.

La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina, acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras.

Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu.

Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.

(1) Juan, cuyo sobrenombre “Crisóstomo” aparece por primera vez en la “Constitución” del Papa Vigilio (cf. P.L., LX, 217) en el año 553, es generalmente considerado el más prominente doctor de la Iglesia Griega y el más grande predicador jamás escuchado en un púlpito cristiano. Sus dotes naturales, así como circunstancias externas, lo ayudaron a convertirse en lo que fue. (Chrisostomos “boca dorada” llamado así debido a su elocuencia). Doctor de la Iglesia, nació en Antioquía, cerca del año 347; murió en Comana en Ponto el 14 de septiembre de 407.

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