Tu sufrimiento ¿Condena o salva ?

Despierta alma mía y mira que el Señor está contigo, te bendice, te ama y te perdona. No ha venido a condenarte ha venido a salvarte de tus propias condenas, tus juicios y esclavitud. Alma mía siente la presencia del Señor que siempre ha estado contigo, con tu prójimo. El señor nunca ha abandonado su creación, salva a sus criaturas ¿acaso te has mirado superior al Señor?

Tal vez alma mía has olvidado saludar al Señor que camina y es tu camino. Has distraído tu paso sin observar la verdad que te entrega en realidad. Tal vez tu vida ha olvidado que eres vida que viene del amor, que en el amar al que es vida le da esa vitalidad que tanto ansías. Alma mía despierta, saluda al Señor, que es camino, verdad y vida.

Antes de que existieras alma mía: Él existe. Luego de tu existencia, el existe y Él existe en ti, llámalo a la conciencia y dile “Señor mío y Dios Mío” hazlo tantas veces hasta que se resquebraje la condena en la que te has encerrado, hasta que su luz salve la oscuridad donde ahora fijas tu mirada. Deja de vivir tus condenas y acepta la salvación del Señor.

El Señor no es esclavo de tus caprichos, ni se alimenta con las limosnas de oraciones dichas apresurada y mecánicamente. Si miras el mundo contrario a tu deseo es porque miras un mundo sin la presencia del Señor. Porque en tu deseo no está el creador y la creación de tu mundo, alma mía, existe apoyada en ti mismo. Ten compasión de ti, alma mía, entrega sincera y detenidamente tu abundancia de errores y pecados a la misericordia del amor del Señor.

Alma Mía, salva tu vida creando en la vida del Señor. Por eso, mira el amor que crea a tu prójimo y a ti mismo. Contempla el amor en la existencia de todo lo que te rodea, en la vida que te entrega desde el aire que respiras hasta la más lejana estrella que te guía. Salva tu vida manteniendo quieta tu conciencia de juicios y condenas que sólo separan: “Mantente quieta y sabrás que Yo soy Dios”

Alma mía ¿hasta cuándo regresarás a tu conciencia a contemplar al Señor? ¿Te miras separada? pues ahora decide mirarte unida a su Espíritu Santo. ¿Te miras debilitada? Pues ahora decide por mirar la fortaleza de Jesucristo que viene a tu encuentro. ¿Te miras pobre y doliente? Pues ahora decide por descubrir la abundancia y el abrazo del Padre Nuestro. Descubre la comunión del Señor en tu conciencia

Alma Mía, si mucho has pecado, tanto te perdonará la misericordia del Señor para que vivas su amor. Vive la eterna presencia del Señor para que salves de tu condena y a quien te condena. Alma mía, pídele al Señor en nombre de Jesucristo que aparte tu condena. El Señor desea la salvación. Por las almas ha venido, ha bajado de su gloria, encarnado su Espíritu Santo en el dolor humano de esta vida. Alma mía, tu palabra encarnada bastará para dejar de condenar y salvar tu sufrimiento por la separación del Señor: “Señor mío y Dios Mío”.

Alma mía pon atención a las sombras y lo que ellas me dicen, y busca la sanación, la valentía y el perdón.

Lucas 7:37-47

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.” Jesús tomó la palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte.” El respondió: “Dímelo, maestro.” Jesús le dijo: “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?” Simón contestó: “Supongo que aquel a quien le perdonó más.” Jesús le dijo: “Has juzgado rectamente.”

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.” Y a ella le dijo: “Tus pecados están perdonados.”

Sin olvidar que sigues en la Presencia de Dios, imagino a Jesús mismo, de pie o sentado a mi lado, Alma mía dile todo lo que está en mi mente, y en mi corazón, tal como se le habla al mejor amigo.

 

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