¿Cada quien su vida?

Alma mía, deja de señalar y juzgar al prójimo como si fuera extraño a ti, pues en el cuerpo de Cristo somos uno, como Cristo es en nosotros. ¿Acaso separarías uno de tus dedos porque se ha equivocado? Antes bien tratarías su curación porque entorpece tu labor.

Si uno cae todos tenemos el efecto de la caída, pues el cuerpo sufre todo por una herida que lastima la rodilla. Si hubieras tropezado con una piedra, no le dirías a todo el cuerpo que esté atento para que al regresar no caiga en el mismo error. Tu pie va contigo y tus ojos lo ayudan a no equivocar.

¿Que pasaría contigo? si tus órganos dijeran: cada quien su vida. Somos una humanidad y en la humanidad, por el misterio sacramental del bautizo somos Cuerpo Místico de Cristo.

¿Acaso la basura que generas queda fuera de esta tierra? De la misma forma tus palabras de condena quedan en el aire que respiras. También tus acciones de egoísmo, aún las escondidas, marcan el rostro del mundo. Somos uno en el Señor y con el Señor somos uno en esta tierra.

Hasta cuando entenderás que lo que haces a tu familia, al más pequeño, a la pareja, incluso a ti, alma mía, lo haces unido a Cristo. Alma mía ruega al Señor pues es el Espiritu de tu espíritu, búscalo en tu corazón para hablarle y escucharle. Que no quede tu oración en palabras sino que sean obras de salvación, frutos del Amor que recibes de nuestro Señor. Encarna el Amor en esta peregrinación, niégate a ti misma,acepta la cruz y sigue al Jesucristo. Recuerda alma mía ¿A quien buscar? al Señor que venció la tentación y la muerte para nuestra salvación. ¿que hacer? Su voluntad: Amar, perdonar y salvar. Tal vez te cueste el mundo que has imaginado crear, pero así encontraras un mundo de verdad, con camino y vida, por Jesucristo nuestro Señor.

(Jr 1, 19; 39, 18)
Lucharán contra ti, pero no podrán contigo;  porque yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor-.
No caerás a espada, salvarás tu vida porque confiaste en mí.
Porque yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor-.

De los Comentarios de san Agustín, obispo

Sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

EN CRISTO FUIMOS TENTADOS, EN ÉL VENCIMOS AL DIABLO

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién dice esto? Parece que uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por tanto, no se trata de uno solo, a no ser en el sentido de que Cristo, junto con nosotros, sus miembros, es uno solo. ¿Cómo puede uno solo invocar a Dios desde los confines de la tierra? Quien invoca desde los confines de la tierra es aquella herencia de la que se ha dicho al Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.

Por tanto, esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta Iglesia única de Cristo, esta unidad que formamos nosotros es la que invoca al Señor desde los confines de la tierra. ¿Y qué es lo que pide? Lo que hemos dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra, esto es, desde todas partes.

¿Y cuál es el motivo de esta súplica? Porque tiene el corazón abatido. Quien así clama demuestra que está en todas las naciones de todo el mundo no con grande gloria, sino con graves tentaciones.

Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones.

Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido su cabeza.

Así pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.

Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla.

(RDP)

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