Tienes toda la razón, te falta espiritualidad

Alma mía, el viejo tabú de que la vida se rige por la razón a terminado por esconder la espiritualidad de ser humano. ¿Con qué cara vemos a Dios? Sin duda lo explicamos con la razón en la teologizá y según esta disciplina de la razón es en lo que se fundamenta la religión . Pero ¿Cómo explicar a Dios? No me cabe en la cabeza, que vanidad y soberbia explicar a Dios. Donde estábamos cuando separó´los mares y las estrellas. A donde quiere llegar el pensamiento sin haber experimentado a Dios.

Parece que Dios tiene que ser del tamaño de nuestros pensamientos sobre Él. Alma mía eres la puerta donde abunda la presencia del Señor, eres testigo del agua viva del Señor en la tierra. ¿Acaso hay algún ser humano que no tenga alma? Tu eres la presencia de quien “És”, como dice el Señor a Moisés: mi nombre es “Yo Soy”. Que diferente es cuando nuestra mente expresa: “Yo Soy”. Nos hemos confundido tanto a nosotros mismos que dejamos de ser una expresión del Amor de Dios para convertimos en Licenciados, Amas de Casa, Pareja, etc.. Hemos olvidado que cada uno es expresión viva de “Yo soy” que se encarna en nosotros en imagen y semejanza. Somos más pequeño que una gota en el ojo de agua, pero tenemos la identidad del agua.

Como descubrir tu espiritualidad

Alma mía, te propongo descubras tu espiritualidad: deja de mirar al mundo con juicios, emociones encontradas, sensaciones de tu cuerpo y con lo que la gente diga. Es decir cierra la puerta 20 minutos al día para toma conciencia de tu espíritu en contacto con el Espíritu del Señor para que ilumine la mente, emociones, cuerpo y tus relaciones con el prójimo. Esto significa decirle “Padre Nuestro” en oración, meditación, contemplación y perdón.

1.- Haz oración.

Dile Padre, sintiéndote hijo amado, de todos, sin excluir a nadie. Padre que nos ama tanto que su Espíritu Santo se encarna en Jesucristo, por medio de la Santísima Virgen María, para salvarnos de la confusión y contrariedades que nos ocultan la presencia del Camino, la Verdad y la Vida. Es como “andarle dando vueltas al campo” sin tomar ningún rumbo con muchas razones, sentimientos, sensaciones y relaciones personales. Nuestra existencia es para MI, ME y CONMIGO, como trompo chillador buscando el Amor. Hasta descalificas a cualquiera que hable de religión o del Padre nuestro que es nuestro origen y destino. Si puedes irle platicando en tu andar de lo que se te ocurra, necesites, te alegra o cualquier cosa. Es se llama oración a “Yo Soy”.

2.-Medita.

Regresa al presente donde estás, deja de vivir el ayer o el mañana. Detén tu mente cinco minutos al día invocando solamente la frase “YO SOY”. Cuando inhales “Yo soy” y cuando exhales “Soy Yo”. Hazlo con respiración pausada, que se escuche suave, como el sonido del mar calmo al llegar a la playa. Busca una posición cómoda, preferentemente con la espalda recta y tus manos, piernas, cuello y rostro relajados. Ojo: estás invocando el nombre del Señor: Yo Soy. No tu egoísmo., También puedes invocarlo diciendo “Je-sus” o Bien “Espíritu-Santo” o el responso del salmo del día: “bendice al Señor-alma mía”

3.- Contempla.

Mira el espacio que te rodea, siempre está presente y el espacio no está vacío. Descubre que es o que te une al mundo, al prójimo, al universo, es el abrazo del Señor, estás en Él y Él esta en ti.

4.-Perdona.

Revisa tus errores que contrarían el Amor, usa el sentido común para encontrar la lección y la bendición en la ofensa o la deuda. Propón levantarte o levantar a tu prójimo de la contrariedad que lo tiene paralizado y lejos del Amor, pues Dios es Amor.

En conclusión.

Deja que Dios sea Dios. Que el Señor está con nosotros. Él encontrará la manera de aprovechar el puente que le das de 20 minutos al día. Tal vez 10 al despertar y el resto durante el día o al acostarte.

Acepta al Señor cuando se nombra”Yo soy”. Es el Amor en ti como “Yo soy” en mi. Descúbrelo amando a tu prójimo como a ti misma, pues es tu ánimo, (animuis-espiritu-alma) eres su expresión Amor, eres su Amor, eres un Amor.

Dios te bendice, acúnate en sus brazos

Lee este testimonio del Libro del Exodo 3,1-8a.13-15.

Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb.

Allí se le apareció el Angel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse,

Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?”.

Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió el.

Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”.

Luego siguió diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.

El Señor dijo: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos.

Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, los perizitas, los jivitas y los jebuseos.

Moisés dijo a Dios: “Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?”.

Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Luego añadió: “Tú hablarás así a los israelitas: “Yo soy” me envió a ustedes”.

Y continuó diciendo a Moisés: “Tu hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre y así será invocado en todos los tiempos futuros.

Medita sobre los frutos de tu existencia con la buena noticia del Señor, según San Lucas (13,1-9).

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.

El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?

Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.

¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.

Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.

Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’.

Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.

Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”

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