Perdona mis excesos, dame moderación y sobriedad

Señor todo la sabes y conoces que he permitido que las aficiones de mi cuerpo modifiquen mi vida, sabes que dejo que mi cuerpo se exceda con gula, me vuelvo dependiente de sus exigencias y debilito la conciencia de tu presencia en mi espíritu que transforma y bendice al mundo con tu Espíritu Santo. He olvidado moderarme, es decir hacer sobrios mis apetitos, pues hoy mis apetitos me moderan a mí y ocultan la libertad, la paz, el amor y el perdón que nos has dado en nuestro espíritu.

Tú has estás con nosotros siempre como cuando dejamos de tomar vino por vino, embarcándonos en la embriaguez para sentir un mundo lejano que acalle nuestra conciencia.

En tu presencia permanente has visto como dejamos de comer la bendición de tus alimentos para enfocarnos en hartar los placeres de mi boca, mis ojos, mi nariz y mi estómago, permitiendo que nuestra conciencia te ignore y busque comer placer insaciable.

Nos acompañas cuando procuramos medicinas, no para sanar, sino para para sentir el placer de relajarnos o exasperarnos y mirar al mundo a nuestra conveniencia y debilitar nuestra convivencia en el mundo que Tú has creado.

Estas presente con nosotros cuando fumamos y alimentamos con nicotina al “mounstrito del tabaco” para que crezca y se fortalezca y su sustancia nos calma, debilitando nuestra mi voluntad hasta el grado de esclavizarnos. Olvidando que la paz está en ti.

Tu amor nos abraza cuando nos drogamos y ponemos en el cuerpo sustancias que avivan sensaciones del cuerpo. Una y otra vez enmascaramos nuestra conciencia en sensaciones temporales que se debilitan en el tiempo y que cada vez nos exigen más para pretender mantenernos en un nivel de conciencia alterada que se desvanece, nunca alcanzamos y adormecen la fuerza del espíritu, el gozo del reino de los cielos que nos has entregado en el camino, la verdad y la vida

Señor nuestro, perdónanos por nuestras obras de exceso en nuestro cuerpo que debilitan nuestra conciencia de tu presencia, pero sobre todo perdónanos por escandalizar con nuestro comportamiento y pervertir a otros a que nos acompañen en nuestros excesos, sobre todo cuando son pequeños, queriendo justificar nuestra debilidad y ejemplificando que, ser mayor de edad, es el tiempo de perderse sin que nadie nos señale, por el contrario que nos acepten o al menos nos toleren. Cuanto ha de dolerte Padre nuestro al ver como nuestros familiares mienten por vergüenza o miedo a nuestro comportamiento. Que dolor debes de sentir cuando a causa de nuestros excesos creamos un ambiente asfixiante y desordenado del que tienen que huir, expulsándonos de nuestro lado para que se encuentren que cualquier camino es mejor que convivir con nosotros. Cuantas oraciones te han hecho por nosotros para que seamos moderados en estos placeres que fracturan nuestra voluntad.

Perdón Señor y Piedad por alimentar este infierno y mirarme tan débil estando siempre contigo, o más bien estando siempre tu conmigo. Nunca me has abandonado, soy yo quien te ha olvidado, con la debilitada voluntad que encuentro en mi conciencia quiero que sea tu voluntad la que me guíe, sea tu fortaleza la que me sostenga, sea tu templanza la que me sostenga en esta batalla que quiero librar, para ser libre de los excesos. Tu eres Padre Nuestro, de Jesucristo nuestro Señor, que nos envías el Espíritu Protector desde el Padre.

Ayúdame a aceptarte cada día a cada instante, tomarme de tu mano, no tambalearme ante la tentación, aunque me expulsen de la comunidad de mis amigos de vicio, aunque muera en el intento quiero ser libre en ti, decidirme por tu amor, dar testimonio de tu presencia que nos da templanza en nuestras debilidades.

Quiero orar 10 minutos al día, cada día hasta el fin de mis tiempos y en ese dialogo me transformes, entregarte mis excesos, encarnar moderación y sobriedad. Así bendecir el mundo con tu palabra y tu presencia en mi conciencia.

Amen

Juan 15:26-27, 16:1-4

Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio de mí, pues han estado conmigo desde el principio. Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho. No les hablé de esto al principio porque estaba con ustedes.”

“Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a El (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza). (S. Agustín, mor. eccl. 1, 25, 46).”

(RDP)

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