Dame una señal

Alma mía, pides una señal del Amor y la Misericordia de Dios, de su presencia y ayuda, pues tu corazón está enfocado en las señales del mundo. La Señal que pides de su presencia es CRISTO, encarnado en la tierra, salud de los enfermos, reconciliación de los pecadores, vencedor de las tentaciones, abundancia del hambriento, consuelo del desvalido, firme en la fe, guía en la ración, esperanza viva, verdad en la duda, camino seguro, vida de plenitud, resurrección en la muerte, presencia en la Sagrada Eucaristía. Espíritu Santo consolador, Padre Nuestro que te sostiene y abraza con su creación. Amor a pesar de tus rechazos y olvidos.

Alma mía, esa señal que buscas viene del temor, del vació del amor que miras en tu corazón. Así que llena tu temor con el Amor, de la misma forma que una vela expulsa la obscuridad de la habitación. Siempre está presente en ti el Amor, pues es tu origen, camino y destino. Siempre está la luz del Espíritu Santo, pues es el Espíritu de tu espíritu. Siempre tendrás el abrazo del Padre nuestro en cada célula que te sostiene y átomo que une al universo para que pongas los pies sobre la tierra. Entonces la señal la pide la duda de tu mente, la confusión de tu corazón o el ansia de tu cuerpo.

Si buscas una señal del cielo búscala en el cielo, entonces alma mía, si buscas la señal de Dios búscala en tu espíritu donde el Espíritu Santo se expresa. Búscala en el camino, la verdad y la vida, donde Cristo está encarnado. Búscala contemplando el universo y mirándote presente en la presencia del Creador. Mírate en el Señor y mira al Señor en ti, verás que tu ánimo tiene el Amor, el perdón, la libertad, la unión, la paz, la voluntad, la fuerza, la misericordia y la abundancia del Señor está en Ti. Dios te bendice, levántate, toma el lecho que sostuvo tu parálisis y acúnate en los brazos del Señor. Al hacer oración escucha el eco en tu espíritu cuando dices Padre… sintiéndote hijo amado y cuando dices Nuestro… de todos aún de tus enemigos. Entonces conocerás la señal.

Lectura del Santo Evangelio (Lc 11, 29-32)

29 Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. 30 Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. 31 La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. 32Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.

Sermón de San Pedro Crisólogo

PL 52, 303-306 ; CCL 24, 211-215

“Esta generación malvada pide una señal…” (cf Lc 11,29)

Jonás mismo decide que le echen a la mar: “Agarradme y tiradme al mar” (Jn 1,12) dice, lo cual significa la pasión voluntaria del Señor… He aquí, que sale de las profundidades del mar un monstruo, un gran pez se acerca que tiene que cumplir y manifestar la resurrección del Señor, o mejor dicho, engendrar este misterio. He aquí un monstruo, imagen terrorífica del infierno, que con sus fauces abiertos se lanza sobre el profeta, saborea y asimila el poder de su creador, y devorándolo come su propia incapacidad de engullir ya nunca más a nadie. La estancia en sus entrañas prepara la estancia del visitante de arriba: así, lo que había sido causa de desdicha se transforma en embarcación inconcebible de una travesía necesaria, guardando a su pasajero y echándolo, al cabo de tres días, a la orilla. Así se dio a los paganos lo que se arrebató a los enemigos de Cristo. Y cuando éstos pidieron un signo, el Señor determinó que este único signo les sería dado, por el cual comprenderían que la gloria que esperaban recibir de Cristo sería otorgada a los paganos…

Por la maldad de sus enemigos, Cristo fue sumergido el las profundidades del caos del infierno; durante tres días ha recorrido todos sus rincones (1P 3,19) . Y cuando resucitó manifestó la crueldad de sus enemigos, la propia grandeza y su triunfo sobre la muerte.

Será, pues, justo que los habitantes de Nínive se levantaran el día del juicio para condenar a esta generación, porque ellos se convirtieron por la proclamación de un solo profeta naufragado, extranjero, desconocido, mientras que la gente de esta generación, después de tantas obras admirables y prodigios, con todo el esplendor de la resurrección, no llegaron a acoger la fe ni se convirtieron. Han rechazado creer en el signo mismo de la resurrección.

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